Sus
piernas son la mitad de una verdad.
Sus
tacos, pequeñas puñaladas.
Ella
baila en singular.
Y
en la mesa, detrás de una columna,
la
espero sin su deseo.
Ella,
a veces, busca el reflejo.
Yo
la admiro.
Ella
brilla en la marea
como
el sol de las diez y cuarto.
Usa
un vestido suicida.
Y
en su sonrisa de vino tinto
su
labio hace un pequeño doblez.
Como
un barco de papel
ella
flota en la cascada de su silencio.
En
la inmensidad de su belleza extra brut.
Y
en la muerte de la noche despierta a la luna.
Con
un suspiro en forma de beso.
Con
un antifaz que la protege del ojo ajeno
y
la invita a volverse mariposa.
A
dejar la crisálida para volar.
Al
alba.
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