domingo, 6 de enero de 2013

Los inmortales


A la muerte se la llora en persona.
Con los dedos hurgando en los ojos.
Buscando preguntas.
Moviendo la cabeza entre tenazas de palmas.
Rascando raíces.
“Cariaconteciendo”.
Con los mocos trapecistas.
Y editando las lágrimas.
A la muerte se la razona.
Y también se la raciona.
Se la toma prisionera
y se la pone en juego en un escondida para uno.
La muerte se alcanza con los brazos abiertos.
Con los dedos de par a impar.
La muerte es una meta.
Como una manzana de lunes.
A la muerte se la llama vida cuando se van los invisibles.
Los que dejan huella.
A la muerte se la calla con tierra.
Y se la riega para que florezca y vuelva a ser muerte.
Sin embargo, para aquellos que no aman,
la muerte debiera estar prohibida.
Cremada.
O, al menos, un metro ochenta bajo tierra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario