Tengo un desayuno de besos en tu nombre.
Una sonrisa de medialuna.
Y una corona de cremona
que te proclama reina de esos días desteñidos.
También tengo algo de azúcar para espolvorear tus deseos
y un poco de té para limpiar tus ojos sucios de la vecina noche.
Pero la vedette sigue siendo la mermelada que cubre tus labios
y un poco de esas lágrimas que hacen que la vida no sea sosa.
Y sin embargo, todavía no tengo manos, ni adjetivos posesivos.
Siquiera instantes.
Al menos,
guardo algún que otro amanecer que muere de pie ante tu presencia.
Sigo con mi bandeja de tentaciones.
Y un pañuelo blanco que tiene bordadas tus iniciales.
Tu tesis existencial.
Tu enigma.
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